Martí

Martí

Friday, May 15, 2015

“Cuban hopes and fears.” Los temores de Martí en otra entrevista del New York Tribune

Francisco Morán, Southern Methodist University©

           
Aquí ofrecemos la entrevista a Martí publicada el 22 de mayo de 1880 en el New York Herald Tribune. Junto con la entrevista dada a conocer por Lisandro Pérez, y las dos que encontramos, suman entonces tres las que en 1880 – y hasta donde sabemos – le hizo a Martí el mencionado periódico neoyorkino. Debo aclarar que me refiero solo a lo que estrictamente hablando suele considerarse una entrevista, puesto que también he encontrado declaraciones de Martí de variada extensión y hechas en diferentes circunstancias, que fueron también publicadas en periódicos neoyorkinos, y que me propongo ir publicando en este blog.
Hay que decir que la entrevista del 22 de mayo – cuya traducción al español incluimos al final – se comprende mejor cuando se la lee junto a la del 12 de abril que  publicamos en la entrega anterior. En lo que respecta a las posibilidades de éxito de la insurrección cubana y a sus avances, por un lado; y a la estrategia seguida por el gobierno español para sofocar la revolución, por el otro, podríamos decir que Martí prácticamente repite lo que le había expresado al reportero en la primera entrevista. Solo que en esta ocasión no es Martí quien visita la redacción del periódico, sino el reportero quien lo entrevista en su casa en East 29st. Por otra parte, tanto una observación del reportero como algunas de las cosas que dice Martí le resultarán familiares a cualquier lector familiarizado con los testimonios de los que lo conocieron, y con algunas de sus obsesiones. En el primer caso tenemos la auto-rectificación del reportero quien, habiendo afirmado primero que tuvo “una larga conversación con el Señor Martí,” nos dice entonces que más bien él fue “un oyente interesado del monólogo del Presidente sobre los logros y perspectivas de los cubanos” (énfasis nuestro). Ese monólogo que revela o sugiere una incapacidad para el diálogo, para la conversación – y por tanto la aceptación y negociación de las diferencias – se deja entrever en no pocos testimonios. Es el caso, por ejemplo, de José de Armas y Cárdenas, quien recuerda que Martí fue a verlo para hablar de Mendive, deleitándolo “con un rato de su sabrosa conversación.” Nótese que Armas y Cárdenas crea un oxímoron, pues la “sabrosa conversación,” que obviamente supone un intercambio, no era sino la de Martí: “su sabrosa conversación.” De ahí la importancia de lo que añade: “Deslizábanse las horas sin sentirlas, y aun cuando no se aceptaran muchas de sus afirmaciones, era imposible sustraerse al influjo de tanta persuasión, y tan lógico raciocinio, salpicado de citas siempre oportunas y vestido de una amenidad encantadora. Refiere Armas y Cárdenas que él acababa de salir de La Habana, y que “el Partido Autonomista, cualesquiera que fuesen las simpatías ocultas de algunos de sus prohombres, se hallaba en el apogeo de su fuerza y rechazaba toda tentativa de organizar un movimiento armado.” Añade que para él – y esto es importante, puesto que acababa de salir de La Habana – “el país rechazaba la revolución,” y no obstante, Martí, “que veía las cosas desde fuera, y recibía informes de obscuros y modestos agentes, [le] aseguraba, que el movimiento revolucionario era general en toda la isla” (Armas y Cárdenas 15-16) (énfasis mío).
            Asimismo, la declaración que Martí le hace al reportero de que “no hemos hablado antes porque queríamos hablar con hechos y no con palabras” nos recuerda su obsesión con ser poeta… en actos. Además, no era rigurosamente cierto que no había hablado antes. Tenemos también su archiconocida insistencia en que la guerra era contra España, y no contra los españoles. Aunque uno entiende lo que quería decir, tampoco puede olvidarse que España – como cualquier otra nación – no podía existir sino en los españoles, y que eran éstos, no España, los que morían en la guerra. Lo que esa idea absurda revela es el drama psicológico de su existencia. Reconocer que la guerra era contra los españoles, implicaba reconocer también, enfrentar el hecho de que era a su vez contra su padre, contra su madre y aun contra sí mismo. Eso era, precisamente lo que tenía que conjurar incesantemente. Al final, esa misma imposibilidad revela lo que escondía su reverso: si Martí no podía pelear contra España, sí podía combatir a Cuba. Por eso, a su vez, tenía que ser una “guerra sin odios.” Proyectada como guerra de saneamiento, de purificación de la sangre, incluso puede decirse que como cruzada, la “guerra necesaria” de Martí era también – y esto lo sabía muy bien – la guerra que necesitaban los Estados Unidos como excusa para intervenir en Cuba.
            Ahora bien, si la entrevista del 22 de mayo apenas añade nuevo a la del 12 de abril, ¿en qué reside su importancia? Para responder a esta pregunta lo primero es llamar la atención del lector al título de la misma: “Esperanzas y miedos de los cubanos.” Lo primero
– las esperanzas – resulta obvio: la esperanza del éxito de la insurrección. Pero, ¿y los miedos?
Regresemos al título. ¿Es de Martí o del reportero? Lo lógico es que este último haya buscado en las respuestas de Martí una frase – o una idea susceptible de ser  resumida en una frase – que sirviera de gancho para atraer la atención de los lectores. En este caso habría que decir que el título lo proveyó el entrevistado. Precisamente algo que dice Martí sugiere que esta conclusión no es en modo alguno descabellada: “Luego está el terrible peligro de decepcionar a los negros en sus esperanzas de la libertad que  les había sido prometida, y la rabia y la desesperación del pueblo por los sufrimientos que España le ha causado al país.” Como puede verse peligro y esperanzas están específicamente ligados a los negros, quienes, curiosamente, aparecen separados del pueblo.
En este punto, me parece de la mayor importancia regresar brevemente a la entrevista del 12 de abril para señalar algo que pasé por alto en mi introducción, y que justamente la crónica de que nos estamos ocupando me lo recordó. Martí expresó en aquella que:

Pero el gran peligro para la isla y la principal causa de la revolución es que los esclavos negros, a los que se les prometió una emancipación que no llega, y que recuerdan a los esclavos que alcanzaron su libertad durante la última guerra, ahora están resueltos a ser libres a cualquier precio. No tienen nada que perder excepto sus vidas, las cuales en estado de esclavitud son más desdichadas. Ellos no poseen el auto-dominio de los hombres civilizados, y en su lucha cometen todo tipo de atrocidades. Ahora están peleando en la parte oriental de la isla; y en la parte occidental, donde no pueden pelear, están quemando sistemáticamente los campos de caña de azúcar donde trabajan.

Aquí también el peligro – el miedo – y la esperanza están ligados a la cuestión del
negro: la incumplida promesa de la libertad, así como el peligro que esto representaba, toda vez que se trataba de individuos salvajes, o incivilizados que carecían de la facultad de auto-dominio, es decir, de la razón; por lo que no sólo eran proclives a la violencia, sino que ya estaban cometiendo toda clase de atrocidades. Así, el “peligro de decepcionar a los negros,” no podía sino constituir a su vez “el gran peligro para la isla” y – esto es revelador – “la principal causa de la revolución.” Por lo tanto, la causa principal de la revolución era conjurar o exorcizar el peligro que significaba el descontento de los negros. Dicho de otra manera, la causa principal de la revolución se revela como el miedo al negro; es decir, justamente el miedo que Martí – supuestamente – intentará espantar él mismo con el propósito de asegurar el apoyo irrestricto de los negros al movimiento revolucionario, y también el de los criollos y cubanos blancos. A ese miedo apunta “el terrible peligro de decepcionar a los negros.” Pero, sí, pero ¿para quién(es)? Eso es lo que tenemos que preguntarnos, y preguntarle a Martí. Pero lo que estas entrevistas demuestran es que Martí tenía ese miedo bien metido en sí mismo. La pareja sustantivo-adjetivo resume admirablemente el terrible terror del blanco al peligro de la violencia del negro. No es imposible que este miedo tenga alguna relación con, o se haya hecho eco del reporte en la primera página del New York Times del 21 de enero de ese mismo año de 1880 en el que se expresa: “The Santiago de Cuba Police are reported to have discovered an association of negroes called ‘Nanigos,’ whose statutes oblige its members to kill white persons. The Police captured 54 alleged members of the society” [“La policía de Santiago de Cuba inform el descubrimiento de una asociación de negros llamados ‘Ñáñigos,’ cuyos estatutos obligan a sus miembros a matar personas blancas”].[i] De hecho, esto demuestra lo que ya Jorge Camacho acerca de que Martí no podía desconocer las representaciones del ñañiguismo en Cuba. En este sentido menciona el reporte Los ñáñigos, su historia, sus prácticas, su lenguaje con el facsímile de los sellos que usa cada uno de los juegos o agrupaciones (1882), de José Trujillo y Monagas, agente de policía (2011, 36). Los reportes de 1880 en la prensa estadounidense, así como los que se publicaron en años posteriores, permiten, pues, afirmar con bastante certeza el argumento de Camacho. Ahora bien, todavía más importante, para lo que aquí nos ocupa, es el artículo “Una secreta orden de africanos” que Martí publicó en Patria el 1 de abril de 1893. Como observa agudamente Camacho los pilares de la retórica de Martí son el miedo y la deuda. Lo primero lo relaciona, con acierto, a la distancia que crea Martí entre él mismo, y la asociación a la que se refiere como “una tremenda orden secreta de africanos,” en tanto que ve lo segundo en que “el Delegado aprovecha esta oportunidad para comprometer a los negros a luchar por Cuba y por esta razón reproduce una carta que supuestamente había recibido del «venerable director» de esta orden, Juan Pascual, quien afirma que a partir de ese momento la orden daría dinero para engrosar los fondos de la guerra” (2008, 34). En este punto, sin embargo, quiero hacer
una aclaración y añadir algo, con lo que a mi modo de ver no sólo se fortalece el argumento de Camacho, sino que también me permite establecer una continuidad entre ese artículo de Martí y lo que he señalado ya en las dos entrevistas de 1880. Al referirse a la carta que menciona Martí como una que “supuestamente [este] había recibido del «venerable director»” arroja duda sobre la verdad de ese envío. Esa duda gana peso por el simple hecho de que Martí no menciona ningún remitente, sino que, por el contrario se limita a decir “dice una carta” (OC 5, 324) (énfasis mío). De quién no nos lo dice. Más adelante añade: “Y dice más la carta: En reunión regular que celebra la orden los jueves, Juan Pascual, que así se nombra el venerable director, propuso que la orden donara una cantidad que ayudase a engrosar los fondos de la guerra, porque ellos también quieren contribuir con algo al día de la patria.” (325). Se menciona al director en la carta, y por tanto no se dice y es obvio que él no pudo ser su autor. Pero como ya he dicho, esta corrección le da más peso a la duda que siembra, o al menos nos sugiere Camacho. En segundo lugar, creo importante citar más extensamente el texto de Martí. Luego de una extraña introducción donde afirma que “[e]s de uso entre los necios tener en poco las cosas grandes,” afirma Martí que el mundo, “más que a esta caterva, recordará acaso a Tomás Surí, al africano Tomás Suri, que ha cumplido los setenta años en el destierro del Cayo” (324). Esa caterva es, supongo, la de los necios. Lo que no tengo claro por qué habría de decir nada de esto para hablar de Surí. Al igual que en la crónica del 22 de mayo de 1880, en la que menciona separadamente “el terrible peligro de decepcionar a los negros” de la “rabia y el desespero del pueblo” – rabia y desespero que no están investidos del miedo con que se carga la decepción de los negros – también aquí el adjetivo africano podemos decir que descubaniza, o aisla a Surí, y no puede ser una casualidad que éste sea también, como afirma Martí, “de una orden secreta, de una tremenda orden secreta de africanos, con ordenanzas y quién sabe qué.” No hay que estirar mucho las cosas para ver como se acoplan “terrible peligro” y “tremenda orden secreta de africanos.” Por si queda alguna duda, Martí insiste en que Surí era “[d]e una misteriosa, peligrosa, funesta orden secreta” (324) (énfasis mío). De este modo, tanto Surí, como la orden de ñáñigos a que pertenece, quedan marcados por el hierro de una otredad peligrosa y, en efecto, como lo vio Camacho, temida. Incluso la alusión al secreto inaccesible – “y quién sabe qué” – sugiere la dimensión de un terror asociado con lo insondable. Al mismo tiempo, dicha inscripción revela a su vez el lado desde el que se la imagina: la del letrado blanco y civilizado. Como afirma Camacho en otro artículo donde también aborda este texto de Martí: “La misma denominación, por su parte, de la orden como “africana”es otro indicio de temporalización del Otro, otra forma de objetivar al negro y alejar los componentes de la cultura primitiva de la criolla. Ni porque habla español, y tiene nombre español, ni porque ha vivido tantos años en Cuba, Martí considera a Tomás Surí como otra cosa que ‘africano” (2011, 37-8). En este mismo trabajo Camacho observa que “el contrapunteo entre el referente oculto de [“Una secreta orden de africanos”] (estas órdenes) y su referente explícito (la educación) es precisamente lo que mantiene la tensión a lo largo del texto, donde no cabe dudas que Martí toma partido por la segunda” (37). Al respecto, citaré – por lo que revela – la oposición que establece Martí entre el tambor y la escuela. El elogio que le dedica a Surí se debe a que éste “dejó ir a unos hermanos porque querían aun el tambor, y los demás no querían ya tambor en la orden, sino escuela” (OC 5, 324). Lo significativo es que en ningún momento se expresa o queda claro que los que querían el tambor no querían la escuela. En cambio, sí está claro que los que querían la escuela, no querían el tambor.” El problema con esto es que el tambor, como sabemos, no es una marca específica del ñañiguismo, sino de la cultura africana – o de las “culturas salvajes,” como suponía el saber etnográfico de la época – por lo que el rechazo del tambor, que no de otra cosa se trata, era en definitivas un rechazo a la cultura africana y no meramente al ñañiguismo. En última instancia no se trata sino de la oposición civilización-barbarie.[ii]    
Regresando entonces a la entrevista de Martí en el Tribune, hay que advertir que inmediatamente después de invocar el terrible peligro, este Martí refuta la versión del gobierno español de que la revolución era una “guerra de razas.” Explica que según el gobierno la revolución es “una guerra de negros,” pues ve que “el gobierno provisional está compuesto completamente de blancos,” mientras que el ejército está también “compuesto totalmente de hombres de color.” Martí guarda silencio respecto a la composición del gobierno provisional, pero argumenta que “aunque es cierto que en los distritos orientales hay muchos negros bravos y capaces, todavía el número de blancos los supera.” Añade incluso que en el departamento de Las Villas “sólo hay soldados blancos en las filas de los insurgentes” (énfasis mío). A propósito de lo que expresa Martí, quiero traer a colación lo que expresa Rafael Rojas en “Martí y los negros,” publicado en su blog Libros del crepúsculo:

Ahora que crece el interés en el estudio de la cuestión racial en José Martí, como prueban algunos ensayos recientes de Jorge L. Camacho, Laura Lomas y Jossianna Arroyo, y que se discute dentro y fuera de la isla el centenario de la masacre de los "independientes de color", recuerdo la entrevista de Martí y Gómez con el periodista norteamericano, William Shaw Bowen, el 7 de mayo de 1895, dos días después de la famosa reunión con Antonio Maceo en La Mejorana. En aquella entrevista, publicaba en el New York World y rescatada por Gonzalo de Quesada y Miranda en un artículo de junio de 1938, en Bohemia, y luego incluida en su libro Facetas de Martí (1939), Bowen retrataba un Martí "en buena cabalgadura y un rostro tostado del sol", con la "misma facilidad oratoria que hizo resonar al Hardman Hall con su voz".
A una observación de Bowen sobre el hecho de que la mayoría de los quinientos hombres de Gómez eran de color, Martí respondió que uno de los objetivos de extender la guerra hacia Puerto Príncipe, Las Villas y el centro de la isla era lograr que "más cubanos blancos fuesen a la manigua". A Martí, por lo visto, le preocupaba tanto el regionalismo que podía generar un levantamiento concentrado sólo en el Oriente como una mayoría negra en el Ejército Libertador. Es por ello que declara al corresponsal de Nueva York: "los nobles patriotas de la raza de color se están levantando en armas en todas partes. No podemos aceptar que la guerra se limite a ellos. Hay muchos blancos en la manigua, pero su número no se acerca al de los soldados de color de la República".[iii]  

Aunque Rojas parece citar del libro de Quesada y Miranda, la falta de la correspondiente información bibliográfica dificulta saber si este es el caso, o si por el contrario las citas corresponden a la entrevista misma publicada en el New York World. Sobre todo por el “Ahora que…. recuerdo la entrevista…” La confusión se explica también porque en el libro de Quesada y Miranda que, en efecto, reproduce la entrevista, no hay absolutamente nada que indique que lo que dice Martí fue en respuesta a, como afirma Rojas, “una observación de Bowen.” Desde luego, es enteramente posible que la declaración de Martí respondiera a una pregunta hecha por Bowen, pero hay que advertir que, a pesar de que así lo llama Quesada y Miranda, las palabras introductorias de Bowen obstaculizan, hasta cierto punto, considerar al texto como una “entrevista.” Dice Bowen: “Ayer celebré una breve conferencia con José Martí y Máximo Gómez.” La noción conferenciar con está más cerca de la conversación que de la entrevista. Quizá esto explique, por un lado, la manera en que el periodista reporta las palabras de Martí; y por el otro, que no consigne ninguna pregunta (ni directa, ni indirectamente). Así, Bowen nos dice que Martí “admitió,” “dijo” y “declaró.” Incluso en lo que respecta a Gómez, con quien se supone también se entrevistó, se limita a decir que éste le “[m]andó un mensaje al World” y “[l]e aseguró al World.” Igualmente reproduce el mensaje que Martí “le envió al World” (Facetas 238-239).
Si recordamos que el reportero del Tribune que entrevistó a Martí corrigió lo de “una larga conversación” y afirmó que se trató más bien del “monólogo del Presidente;” si recordamos, en fin, que según lo que sugieren muchos otros testimonios a Martí le diálogo no se le daba fácil, entonces no es extraño en lo absoluto que lo que expresó en 1895, ya en Cuba, acerca de la composición racial de las fuerzas insurrectas, haya sido una declaración espontánea, no mediada – ni necesitada – de ninguna pregunta.
Lo que tan importante la recuperación de las dos entrevistas con el New York Tribune, respectivamente el 12 de abril y el 22 de mayo de 1880, es que al acercarlas a la “entrevista” de 1895 figuran una especie de camino o trayectoria que se cierra circularmente. Recién llegado a los Estados Unidos el New York Tribune lo entrevista al menos tres veces, y luego, al final, justo casi antes de morir, otro periodista norteamericano lo entrevista en suelo cubano en 1895. De las tres entrevistas de Nueva York, en las dos que he dado a conocer la cuestión racial – o del negro, para ser más exactos – es de la mayor importancia, y lo mismo ocurre en la del 95. Y en la última de Nueva York y en la de Cuba, Martí se enfoca en la composición racial de las filas insurrectas. Y no está de más recordar que en 1880 no sólo Martí desmintió la afirmación del gobierno español de que el ejército insurrecto estaba compuesto solo de blancos. Más aún; aunque admitió que había “muchos negros bravos y capaces,” también aclaró que los blancos los superaban en número. Y no dijo esto cómo algo que fuera en lo absoluto preocupante. De modo que podría concluirse que el exceso que le preocupa era el otro: el que los negros sobrepasaran a los blancos. Y no cabe duda que en 1895 estaba pensando sobre todo en los negros de la República: “Hay muchos blancos en la manigua, pero su número no se acerca al de los soldados de color de la República” (Facetas 239). El comentario es revelador: esos negros ya tenían un pie en la República, y los blancos al parecer estaban lejos. Había que darse prisa antes de que siguiera la manigua llenándose de tambores.
Según Rojas, “por lo visto” a Martí “le preocupaba tanto el regionalismo que podía generar un levantamiento concentrado sólo en el Oriente como una mayoría negra en el Ejército Libertador.” Hay que notar que esta reflexión cojea, puesto que Rojas encuentra una causa en la preocupación por el regionalismo, pero no nos dice cómo interpreta él la preocupación de Martí por “una mayoría negra en el Ejército Libertador.” Hay que presionar, pues, en esta pregunta: ¿qué problema había con que hubiera una mayoría de negros en el Ejército Libertador? ¿No estaría detrás de esto el miedo al tambor? ¿Al peligroso toque de esos tambores cuando llegara la hora de vérselas con los negros decepcionados?

A continuación la entrevista en su versión original, en inglés; y luego su traducción al español. Hay una parte del texto con áreas ilegibles, y cuando esto ocurre lo indico. Solo he hecho cambios en el texto cuando la traducción al español requería, por ejemplo, refrasear alguna idea o frase. También he corregido la puntuación en la traducción. Los lectores notarán alguna que otra torpeza en el inglés de Martí (el mío no es mejor), pero debe recordarse que estaba recién llegado a Estados Unidos. Precisamente esos deslices sugiere que el reportero lo cita verbatimPero todavía a los lectores les aguarda otra sorpresa. Ya sabíamos que no solo Martí citaba de los periódicos norteamericanos, sino que también los reescribía, con lo cual la autoría misma del texto se vuelve problemática. Sobre todo porque hay numerosas instancias en las que, a menos que se confronte la escritura martiana con textos periodísticos estadounidenses resulta casi imposible encontrar los rastros de aquellos, escucharlos, en el enrevesado estilo martiano. Resulta, sin embargo, que lo anterior debemos añadir ahora otro itinerario: el de la prensa neoyorkina copiando y reescribiendo a Martí. Al día siguiente de publicada la entrevista que aquí ofrecemos, otro periódico de Nueva York – The Brooklyn Daily Eagle – publicó, sin firma, un artículo titulado “The Second Struggle in Cuba.” El artículo en cuestión – aún con las omisiones y cambios que introduce – es, como podrán ver los lectores, una copia casi al calco de las declaraciones de Martí en la susodicha entrevista, y a la que, por supuesto, no alude. Tan es así que prácticamente casi todo lo que aparece ilegible en la entrevista, puede reconstruirse con el material que suministra el artículo. Este hecho amerita un análisis en el que, sin embargo, no voy a entrar. Solo  llamaré la atención sobre dos detalles que me parecen de la mayor importancia. El artículo omite las palabras de Martí de que la guerra era contra España y no contra los españoles. En segundo lugar añade algo que Martí no dice: “será una lucha que suscitará la simpatía de los patriotas de todos los países, y no puede sino despertar intenso interés en este país, donde el sentimiento es fuertemente contra la mayor posesión de la isla de Cuba por los verdugos, espías y recaudadores de impuestos españoles” (énfasis mío). La guerra en Cuba es presentada entonces como de particular interés para los Estados Unidos donde, debe advertirse, el sentimiento contra la posesión de Cuba por los españoles no significa necesariamente un sentimiento a favor de la independencia de Cuba de España. No quiero decir con esto que no existiera genuina simpatía en algunos círculos estadounidenses por las luchas de los cubanos para ganar su libertad. Mas tampoco puede pasarse por alto los vientos anexionistas que ya soplaban por entonces. Y aunque esto era particularmente fuerte en lo que respecta a la anexión de Canadá, y después, incluso Haití y Santo Domingo, ya la posibilidad de anexar a Cuba había comenzado a ventilarse. Recuérdese la aclaración de Martí en la entrevista que dimos a conocer antes de esta. Otro ejemplo es el breve artículo “Cuba” que publicó el Oakland Tribune (California) el 14 de abril de 1880 (p. 2) en el que se expresa: “Cubans in the United States entertain strong hopes that the island will be annexed to this country before many years pass by. […] An expedition is said to be in process of fitting out now in New York, though its object would seem to be to harass the Spanish Government, more than to accomplish the seizure of the island.” [“Los cubanos en los Estados Unidos entretienen fuertes esperanzas de que la isla se anexe a este país antes de que pasen muchos años. (…) Se dice que se está equipando una expedición en Nueva York, aunque su objetivo parecería ser acosar al gobierno español, más que lograr la captura de la isla”] El artículo menciona que según un cubano que había llegado recientemente de la isla “the Independence of Cuba would be its ruin, and that the only salvation for the island lies in its annexation to the United States” [“la independencia sería la ruina de Cuba, y la única salvación para la isla está en su anexión a los Estados Unidos].
            Incluyo, a continuación de la entrevista en inglés y en español, y también en ambas lenguas, el artículo de The Brooklyn Daily Eagle.

Cuban Hopes and Fears

A Talk with Senor Jose Marti

Expectations and Plans of the Revolutionists – The Army in New York and the Army in Cuba

            Señor José Marti, president of the Cuban Revolutionary Committee of New York, was
found at his house in East Twenty-ninth-st, by a TRIBUNE reporter on Tuesday. President Marti seemed to be in the best of spirits, although showing evidence of over-work. The reporter was received in a cordial manner and had a long conversation with Señor Marti, or rather was an interested listener to the president’s monologue upon Cuban accomplishments and prospects.
            “We have not spoken before,” said Señor Marti, “because we wished speak by deeds and not by words. We prefer action to boastful prophecies. After the unexpected termination of the last war there was among the Cubans here a sort of lassitude and hopelessness. They had no means of knowing the true elements and the imperishable resources of the revolution. In the Island of Cuba the Spanish Government followed two courses of political action. In the revolutionary departments of Eastern Cuba they maintained a state of martial law. They persecuted and hounded the patriots with relentless vigor. The leaders of the movement from which the Government had something to fear, were imprisoned or mysteriously disappeared. Among these were Leites Vidal, who was taken away in a Spanish war vessel; Espinosa who embarked at Nuevitas for Havana, where he never arrived; Cosso, who was killed at Camaguey; Betancourt and eighteen others, who were captured while peacefully at work in the fields and murdered. This last crime took place at Colon, near Havana. Besides these who suffered death, many have been banished to Spain, such as Silverio del Prado, and old man seventy-five years of age; Dominguez and Guevara. I am happy to state that they all have effected their escape from Spanish shores.
            “On the west side of the Island of Cuba the Government of Spain has made many protestations of friendship to the Cubans, permitting them to take a few tantalizing sips from the cup of Liberty, and throwing them some crumbs of justice, making promises never intended to be kept. The Government seeks to hold the inhabitants of the Eastern District in entire ignorance as to the acts and attitude of the western part of the Island, in order to stifle the sentiment of revolt and prevent accessions to the ranks of the insurgents. The hope of reform in the western part of Cuba, united with the lassitude following the disastrous war just finished, made many believe that the new revolution would not come at present. But a revolution which has in view an end so glorious and humane does not cease until it arrives at the desired result. The war stopped only to take breath for a new struggle. It was personal divisions and quarrels that precipitated the ‘Peace of San Juan.’ These divisions disappeared and the true causes of the war remained, increased by the perfidy of the Spanish Government, by the poverty occasioned by the war, by the anger of Cuba at having been duped by Spain, and by the need one has to live in liberty when it has once been tasted. Then there is the terrible danger of disappointing the negroes in their hopes of freedom, which had been promised to them, and the rage and despair of the people at the sufferings brought upon the country by Spain.
            “It is alleged that our Army has none of its old chiefs,” continued President Marti. “If they were absent at first it was only because some of them were killed, others exiled and others fugitive in this country. The Government profited by this, declaring that the revolution was only a war of races and of no importance. We kept silence, knowing that our acts would give the lie to these perfidies, and the deeds have come. It is said that we have no resources, but we have sent three expeditions — that of General Benitez to the south of Cuba; that of Brigadier-General Gonzalez, at Matanzas, in the teeth of the Government; and this one of General Garcia’s which has only begun as yet. They call it a revolution of negroes, and behold the provisional government is wholly composed of whites. They state that the army is filled only with colored men, and while it is true that among the soldiers of the Eastern districts there are many brave and capable blacks, still they are outnumbered by the whites, and in the Department of Las Villas there are only white soldiers in the ranks of the insurgents. The Spanish Government says that our old chiefs still stand aloof from us. But on the contrary General Garcia was one of the initiators of the movement of Yara, and continued the struggle until, when captured by the Spanish, he attempted his own life in despair. All of the chiefs of Las Villas were in the first war. Carillo[sic], Sanchez, Gonzalez and Roloff are now at the head of their old soldiers. And those who were former leaders [illegible] are on their way there, and are [illegible] than Spain expects.”
            “What are the prospects of the Revolution [illegible] the reporter.”
            “At present we are waging a double war [illegible] Señor Marti; “one in the Cuban camp [illegible] the other here among strangers in [illegible] bly all kind of resources. We have the [illegible] work together, the one an army of [combatants?] [illegible] other an army of auxiliaries. In the prosecution [illegible] war we have to fear the danger of human [illegible] reverses and of rivalries. But we have no fear [illegible]tude, or the results of political or military [illegible]ence, which caused so much trouble in the [illegible] war. General Garcia has already shown in [illegible] campaign how good a strategist he is. [illegible] an open engagement, he favors the concentration of forces and constant aggressiveness and activity [illegible] has had ample opportunity for planning and [deliberations?] in his five years’s imprisonment in Spain. As to [political?] General Garcia has a democratic espirit, and [illegible] manifest this in his Government. The Cuban [illegible] are already accustomed to the exercise of liberty [illegible] we, the fugitives, have learned its worth by the [illegible] cle about us of this noble Republic of America.”
            “Can you give any estimate of the probable length of the war?”
            “As to the duration of the war, of course it is impossible to predict exactly. But we can reasonably [illegible] that the second war will not endure as long as the [illegible]. Much time was lost at the beginning of the first [illegible] vacillation and hesitation over the form of the [illegible] Government, in jealous bickering, and in useless efforts to gain our rights without the spilling of blood. [All?] this delay will be avoided now. Formerly the Spanish Government said that the revolution was a war against Spaniards. To-day the Spaniards do not believe this. They know that we do not wage war against Spaniards but again Spain. I think the war will last only a short time, and for this opinion I have several reasons. First, the inhabitants of Cuba cannot give aid to the Spanish army because their slaves, the only source of their revenue, already refuse to labor for their masters and fly to the insurgent camps, or hide, after burning the plantation buildings. Secondly, the exigencies of the revolution are increasing every day and will son exhaust the resources of Spain. Thirdly, our leaders are disposed to make the war brief, offensive and aggressive, resting neither day nor night.
            “As was stated recently in the TRIBUNE,” continued President Marti, “there have been Cubans here who have been faint of heart, and who have feared that [this?] moment had not come to strike the blow for Independence. But they are taking courage, now that our strength is apparent, and are gladly coming to our assistance. If there have been painful schisms in the past, the committee will not remember them. Errors ought to be recalled only to avoid their repetition. We are not judges but brothers, and must all join together in the glorious cause of the revolution.
            “The committee is preparing an English circular, which will be given to the press in a few days,” said President Marti, in conclusion, “We are happy to know that there is much sympathy for us among the American people.”

New York Tribune, May22, p. 5            


Temores y esperanzas de los cubanos

Una charla con el señor José Martí

Expectativas y planes de los revolucionarios – el ejército en Nueva York y el ejército en Cuba

El martes, un reportero del TRIBUNE se encontró con el Señor José Martí, Presidente del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, en casa de éste en East Twenty-ninth-st. El Presidente Martí parecía estar en el mejor de los espíritus, aunque mostrando evidencia de exceso de trabajo. El reportero fue recibido de manera cordial y tuvo una larga conversación con el Señor Martí, o más bien fue un oyente interesado del monólogo del Presidente sobre los logros y perspectivas de los cubanos.

“No hemos hablado antes,” dijo el Señor Martí, “porque queríamos hablar con hechos y no con palabras. Preferimos la acción a las profecías jactanciosas. Después de la terminación inesperada de la última guerra hubo entre los cubanos aquí una especie de cansancio y desesperanza. No tenían ningún medio de saber los elementos verdaderos y los recursos imperecederos de la revolución. En la Isla de Cuba, el gobierno español siguió dos cursos de acción política. En los departamentos de la región oriental de Cuba mantuvo un estado de ley marcial. Persiguió y acosó a los patriotas con vigor implacable. Los líderes del movimiento de los cuales el gobierno tenía algo que temer, fueron encarcelados o desaparecieron misteriosamente. Entre estos se encontraban Leites Vidal, que fue llevado lejos en un buque de guerra español; a Espinosa que embarcó en Nuevitas rumbo a la Habana, a donde nunca llegó; Cosso fue asesinado en Camagüey; Betancourt y otros dieciocho  fueron capturados mientras trabajaban pacíficamente en los campos y asesinados. Este último crimen tuvo lugar en el Colon, cerca de la Habana. Además de éstos que sufrieron la muerte, muchos han sido desterrados a España, como Silverio del Prado, un viejo de setenta y cinco años de edad; Domínguez y Guevara. Me complace señalar que todos ellos lograron escapar de las costas españolas.

“En el lado occidental de la Isla de Cuba el gobierno de España ha hecho muchas protestas de amistad a los cubanos, permitiéndoles beber unos pocos tentadores sorbos de la copa de la Libertad, y echándoles algunas migajas de  justicia, haciéndoles promesas que nunca pretendió mantener. El gobierno pretende mantener a los habitantes del distrito oriental en completa ignorancia en cuanto a los actos y actitud de la parte occidental de la isla, con el fin de sofocar el sentimiento de rebelión y prevenir la adhesión a las filas de los insurgentes. La esperanza de reforma en la parte occidental de Cuba, unida al cansancio tras la desastrosa guerra que acaba de terminar, hizo creer a muchos que la nueva revolución no llegaría al presente. Pero una revolución que tiene a la vista un fin tan glorioso y humano no cesa hasta que llega a lograr el resultado deseado. La guerra se detuvo sólo a tomar aliento para una nueva lucha. Fueron las divisiones y las disputas personales las que precipitaron la Paz del Zanjón. Estas divisiones desaparecieron y las verdaderas causas de la guerra permanecieron, incrementadas por la perfidia del gobierno español, por la pobreza ocasionada por la guerra, por la ira de Cuba de haber sido engañada por España, y por la necesidad que uno tiene de vivir en libertad una vez que la ha probado. Luego está el terrible peligro de decepcionar a los negros en las esperanzas de la libertad que les había sido  prometida, y la rabia y la desesperación de la gente por los sufrimientos que España le ha causado al país.

“Se alega que nuestro ejército no tiene ninguno de sus antiguos jefes,” continuó el Presidente Martí. “Si al principio estuvieron ausentes fue sólo porque algunos de ellos fueron asesinados, otros desterrados, y otros estaban fugitivos en este país. El gobierno se benefició de esto, declarando que la revolución era sólo una guerra de razas y sin importancia. Guardamos silencio, sabiendo que nuestros actos desmentirían estas perfidias, y los hechos han llegado. Se dice que no tenemos recursos, pero hemos enviado tres expediciones — la de General Benítez al sur de Cuba; la de general de brigada González, a Matanzas, en los dientes del gobierno; y ésta del General García, que sólo ha comenzado. La llaman una revolución de los negros y se dice que el gobierno provisional está compuesto completamente de blancos. Afirman que el ejército está lleno solamente de hombres de color, y si bien es cierto que entre los soldados de los distritos orientales hay muchos negros bravos y capaces, aún son superados en número por los blancos, y en el Departamento de Las Villas sólo hay soldados blancos en las filas de los insurgentes. El gobierno español dice que nuestros viejos jefes se mantienen distantes de nosotros. Pero por el contrario, el General García fue uno de los iniciadores del movimiento de Yara y continuó la lucha hasta que, al ser capturado por los españoles, en su desesperación intentó quitarse la vida. Todos los jefes de Las Villas estuvieron en la primera guerra. Carillo[sic], Sánchez, González y Roloff están ahora a la cabeza de sus soldados. Y aquellos que fueron antiguos líderes [ilegible] están en camino y son [ilegible] de lo que España espera.”

“¿Cuáles son las perspectivas de la revolución [ilegible] el periodista.”

“Actualmente estamos librando una doble guerra [ilegible] Señor Martí; “una en el campo cubano [ilegible] la otra aquí entre extraños en [ilegible] todo tipo de recursos. Tenemos el [ilegible] trabajar juntos, el uno un ejército de [combatientes?] [ilegible]mente, otro un ejército de auxiliares. En la prosecución [ilegible] guerra debemos temer el peligro de [ilegible]  reveses y de las rivalidades humanos. Pero no tememos [ilegible], o los resultados de políticos o militares [ilegible]cia, que causaron tantos problemas en la [ilegible] guerra. El general García ya ha demostrado en [ilegible] cuan buen estratega es. [ilegible] un confrontación abierta, es partidario de la concentración de fuerzas y de la agresividad constante y de la actividad [ilegible] ha tenido amplias oportunidades para  planificar y [¿deliberar?] en sus cinco años de encarcelamiento en España. En cuanto a [¿político?] el General García tiene un espíritu democrático, y [ilegible] demuestra esto en su gobierno. Los cubanos [ilegible] ya están acostumbrados al ejercicio de la libertad [ilegible] nosotros, los fugitivos, hemos aprendido su valor por el/la [ilegible] sobre nosotros de esta noble República de América.”

“Puede dar algún estimado de la duración probable de la guerra?”

“En cuanto a la duración de la guerra, por supuesto es imposible predecirlo exactamente. Pero podemos razonablemente [ilegible] que la segunda guerra no durará tanto como el/la [ilegible]. Se perdió mucho tiempo al principio de la primera [ilegible] vacilación y dudas sobre la forma del  [ilegible] gobierno, en celosas discusiones y en inútiles esfuerzos para obtener nuestros derechos sin el derramamiento de sangre. ¿[Todo]? este retraso se evitará ahora. Anteriormente, el gobierno español afirmó que la revolución era una guerra contra los españoles. Hoy los españoles no creen esto. Saben que no hacemos la guerra contra los españoles, sino contra España. Creo que la guerra solo durará poco tiempo, y para esta opinión tengo varias razones. En primer lugar, los habitantes de Cuba no pueden ayudar al ejército español porque sus esclavos, la única fuente de sus ingresos, ya se niegan a trabajar para sus amos, y vuelan a los campamentos insurgentes, o se esconden, después de quemar los edificios de las plantaciones. En segundo lugar, las exigencias de la revolución están aumentando cada día y pronto agotará los recursos de España. En tercer lugar, nuestros líderes están dispuestos a hacer la guerra breve, ofensiva y agresiva, sin descansar de día ni de noche.

“Como fue señalado recientemente en The Tribune,” continuó el Presidente Martí, “ha habido aquí cubanos que han sido débiles de corazón, y que han temido que [¿este?] momento no había llegado el momento de asestar el golpe por la independencia. Pero están tomando coraje, ahora que nuestra fuerza es evidente y gustosamente están viniendo en nuestra ayuda. Si ha habido dolorosos cismas en el pasado, el comité no los recordará. Los errores solo deben ser recordados para evitar su repetición. No somos jueces sino hermanos, y todos deben unirse en la causa gloriosa de la revolución.

“El Comité está preparando una circular en inglés que se dará a la prensa en unos pocos días,” dijo el Presidente Martí, concluyendo, “Estamos felices de saber que hay mucha simpatía por nosotros en el pueblo de América.”

New York Tribune, Mayo 22 de 1880, p. 5



The Second Struggle in Cuba

The Brooklyn Daily Eagle

            It seems now evident that the Cuban war was ended for the purpose of giving the revolutionists time to prepare for a new struggle, and that while the Spanish Government thought it was treating with a conquered people, they were merely giving a breathing spell to the islanders, who are now ready to renew the conflict strengthened by a powerful ally, the negroes, whose rage against the Spaniards is great. They were promised freedom, and have found only slavery, and these poor creatures, whose good will it was not believed worthwhile to conciliate, are now the most formidable portion of the insurgent forces in the eastern districts. The Cubans in this country have been vigilant for the past two years, and have secured resources sufficient to send out three separate expeditions, and they claim to be prepared for a long and fierce struggle under General Garcia, who is in command of all their forces. He has spent five years in prison in Spain, but is confident of final victory. The war is to be made brief, offensive and aggressive. Spain will be taxed to her utmost to be prepared for the first blow. Having for its purpose both the enfranchisement of the negro and the liberty of the people, it will be a struggle that will call forth the sympathy of patriots of all countries, and it can but awaken intense interest in this country, where the feeling is strongly against the further possession of the Island of Cuba by Spanish executioners, spies and tax collectors. The Provisional Government has been formed, and the exigencies of the revolution are increasing every day. How Spain will prepare to meet them remains to be seen, but certain it is that the Spanish forces in Cuba will be denied one source of aid which they had in the first war — the slaves — and they will be entirely dependent upon Spain for supplies of all kinds. The Cubans have certainly shown a degree of caution in this matter which they have not been credited with heretofore, and the probabilities are that the Spanish Government will find itself more surprised than it will admit, when it discovers the fight to be made for liberty by the Cubans, who are determined to avenge the sufferings brought upon them by Spain.

May 23, 1880, p. 2


La segunda guerra en Cuba

The Brooklyn Daily Eagle

Ahora parece evidente que la guerra cubana concluyó con el fin de darles a los revolucionarios tiempo para prepararse para una nueva lucha, y que mientras el gobierno español pensó que estaba tratando con un pueblo conquistado, simplemente estaba dándoles un respiro a los isleños, que ahora están listos para renovar el conflicto, fortalecido por un poderoso aliado, los negros, cuya rabia contra los españoles es grande. Ellos recibieron la promesa de libertad y han encontrado sólo la esclavitud, y estas pobres criaturas, cuya buena voluntad no se creía que valía la pena conciliar, ahora son la parte más formidable de las fuerzas insurgentes en los distritos orientales. Los cubanos en este país han estado alertas durante los últimos dos años y han asegurado los recursos suficientes para enviar tres expediciones separadas, y dicen estar preparados para una larga y feroz lucha bajo el General García, quien está al mando de todas sus fuerzas. Él ha pasado cinco años en prisión en España, pero confía en la victoria final. La guerra será breve, ofensiva y agresiva. España tendrá la carga de hacer todo lo posible para estar preparada para el primer golpe. Teniendo como propósito la emancipación de los negros y la libertad del pueblo, será una lucha que suscitará la simpatía de los patriotas de todos los países, y no puede sino despertar intenso interés en este país, donde el sentimiento es fuertemente contra la mayor posesión de la isla de Cuba por los verdugos, espías y recaudadores de impuestos españoles. El Gobierno Provisional ha sido formado, y las exigencias de la revolución están aumentando cada día. Cómo España se preparará para enfrentarse a esto todavía está por verse, pero cierto es que a las fuerzas españolas en Cuba se les negará una fuente de la ayuda que tuvieron en la primera guerra — los esclavos — se verán enteramente dependientes de España para suministros de todo tipo. Los cubanos han demostrado sin duda un grado de cautela en este asunto por el que ellos no han sido acreditados hasta ahora, y las probabilidades son de que el gobierno español se encontrará más sorprendido de lo que admitirá, cuando descubra la lucha a favor de la libertad por los cubanos, que están decididos a vengar los sufrimientos que España les ha ocasionado.

23 de mayo de 1880, p. 2


Obras citadas

Camacho, Jorge. “Muerte y resurrección de los ñáñigos.” Islas Quarterly Journal of Afro-Cuban Issues 6. 18 (2011): 32-40.

---. “El miedo y la deuda en las crónicas de Patria, de José Martí.” Islas Quarterly Journal of Afro-Cuban Issues 2. 9 (2008): 34-46.

De Armas y Cárdenas, José. “Martí.” Así vieron a Martí. Prólogo y notas de Gonzalo de Quesada y Miranda. La Habana: Instituto Cubano del Libro, 1971. 13-17.

De Quesada y Miranda, Gonzalo. Facetas de Martí. La Habana: Editorial Trópico, 1939.

Martí, José. “Una orden secreta de africanos.” Obras Completas 5. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1991. pp. 324-25.

Morán, Francisco. Martí, la justicia infinita. Verbum: Madrid, 2014.

Rojas, Rafael. “Martí y los negros.” Libros del crepúsculo, 14 de agosto de 2012.     




[i] En esta época ya existía la llamada “syndicated press,” es decir, artículos y noticias que se distribuían en toda la prensa estadounidense. El reporte que cito había aparecido el 21 de enero en el Harrisburg Telegraph (Pensilvania), y el mismo día 22 apareció también en Daily Charlote Observer (Carolina del Norte), The Salt Lake Herald (Utah), The Wilmington Morning Star (Carolina del Norte), The Atlanta Constitution (Georgia) y en el Richland Beacon (Luisiana). Hay que aclarar, sin embargo, que en 1881 un nuevo reporte proveniente de La Habana en el que se lee: “A secret society of outlaws, calling themselves ‘nanigos,’ heretofore composed of negroes only, has extended to the white population. The police surprised a meeting of thirty-five members swearing in new members, arresting them and capturing all the apparatus. Thirty-three of the members were white. Great indignation is manifested at the existence of such a society, and it is expected the government will act summarily” [Una sociedad secreta de forajidos, que se llaman a sí mismos ‘ñáñigos,’ compuesta hasta hora solo de negros, se ha extendido a la población blanca. La policía sorprendió una reunion de treinta y cinco miembros juramentando nuevos miembros, y los arrestó y capturó todos los equipos. Treinta y tres miembros eran blancos. Hay una gran indignación por la existencia de tal sociedad, y se espera que el gobierno actuará sumariamente”] (The Saint Paul Globe, Minesota. 14 de julio de 1881. p. 3). El reporte sugiere la contaminación de la población blanca – de los treinta y cinco miembros, solo dos no eran blancos – al mismo tiempo que, aun cuando esté implícito, no se mencionan los fines violentos de la asociación. Si su meta principal era matar blancos y ahora los blancos estaban entrando en la asociación, ¿había cambiado la tarea de los ñáñigos?  
[ii] En mi estudio Martí, la justicia infinita me refiero a una oposición similar que hace Martí en la crónica publicada en El Partido Liberal, de México, el 7 de marzo de 1889, y donde comenta el estudio sobre los Estados Unidos Jonathan y su Continente, de Max O’Rell (pseudónimo de Paul Blouet). Al referirme al texto martiano expresé: “Para Martí los Estados Unidos son ‘este gigante en cuyas venas corren por átomos, galopando como ferrocarriles que se dan caza, masas compactas, como de gusanos’ […]. Dice de ellos que ‘no cabe aún juzgar[los] como nación definitiva, sino como casa de pueblos,’ y dramatiza esa incompletez, la falta de armonía entre los miembros, con una imagen elocuente: ‘el piano de Nueva York en la selva de Dakota […], la selva de Dakota en el piano de Nueva York.’ Como puede verse, en la contraposición piano-selva y Nueva York-Dakota está implícita la de civilización-barbarie. Y por supuesto, lo primero, la civilización, aparece metaforizada en el piano (la música clásica, europea y blanca). En cuanto a la selva, la oposición no solo implica un sujeto específico –el negro sobre todo– sino también una banda sonora idiosincrática: la percusión del tambor, la música que resiste a la partitura. Sin embargo, debe advertirse que el sello de la barbarie no es ella misma, sino la polución que implica: que la selva de Dakota perturbe las escalas del piano neoyorkino. Preocupación esta por el piano de salón harto sospechosa en quien se nos presenta como el máximo censor de la riqueza. A menos, claro, que ese piano represente a uno de los dos “intereses supremos de las comunidades de los hombres,” en este caso “los espirituales,” además de “los políticos” (Morán 432). Debo aclarar ahora lo que se me pasó entonces. Sé, por supuesto, que Martí no está hablando de África, pero al contraponer selva-piano – y por tanto civilización-barbarie – tanto la selva como el piano no fallan evocar la oposición apuntada. 
[iii] Ver: Rafael Rojas, “Martí y los negros.” Libros del crepúsculo. Martes, 14 de agosto de 2012. http://www.librosdelcrepusculo.net/2012/08/marti-y-los-negros.html


No comments:

Post a Comment